La tormenta de la ‘ley Sinde’ ha vuelto a arreciar con su fuerza
habitual. Ya nos hemos acostumbrado a ella, después de tantas y tantas
polémicas desde que se anunció a finales de 2009. Lo peor es lo que nos queda: votación en el Senado, regreso al Congreso, redacción del reglamento, primeros procesos de cierres de webs…
Si habías pensado que esto había sido todo, no sabes lo que te espera.
Lo primero: tengo muchas más dudas que certezas sobre todo esto.
La ‘ley Sinde’ cerrará páginas, pero no creo que reduzca las
descargas sustancialmente. Su principal objetivo es dar una respuesta a
la presión de la industria de contenidos culturales española y, sobre
todo, a la estadounidense. Por si fuera poco, lo más peligroso de esta
ley no es para lo que está diseñada, sino para lo que podría servir.
La ‘ley Sinde’ da una pereza enorme. Sin embargo, el fondo del debate es apasionante. La revolución es tal que la pregunta que subyace en el fondo, continuamente, es qué sociedad queremos ser y crear.
Una de las cosas que han quedado bastante claras en todo el embrollo de la ‘ley Sinde’ es que el debate social es muy difícil de llevar a cabo.
Existe un problema o conflicto, hay muchas opiniones sobre ese problema
o conflicto, la mayoría de ellas







